Siempre andaban igual, siempre con la misma historia, siempre
discutiendo o peleando, siempre buscando estúpidas escusas para estar
juntos. Ya llevan por lo menos quince minutos con el guión de siempre:
él la asusta, ella intenta pegarle, él la esquiva, ella se enfada y lo
vuelve a intentar con más ahínco, él se ríe la coje y la inmoviliza, la
abraza por detrás fuerte, muy fuerte, ella lo intenta de mil maneras
pero no puede escapar de sus brazos, lo cierto es que tampoco pone todo
su empeño, en el fondo le gusta estar con él, tan cerca de él. Al pasar
varios intentos, gritar y finjir el mayor de los enfados ella le acaba
diciendo:
-Sueltame, ¡YA!
Él divertido, con una sonrisa pícara se acerca a su oído y le susurra:
-¿Y si no quiero?
Un escalofrío recorre todo el cuerpo de la chica, empezando por su oreja
y acabando por sus pies, sin querer se estremece y para desgracia suya
él lo nota y le dice:
-¿Qué te ha pasado que ni me gritas ni me pegas?
-¡Ahora verás, idiota!
Se gira con todas sus fuerzas y se abalanza sobre él, muerde su oreja,
la muerde despacio y con suavidad una simple caricia que hace que él
relaje todos sus músculos y sin quererlo se da por vencido. Ella es
ahora la que sonríe y le dice:
-¿Qué te ha pasado que ya no me sujetas con fuerza para que no me escape?
Una única mirada, dos sonrisas distintas, hormonas revolucionadas y un fantástico final para aquella pequeña historia.
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