Cuando conocemos a alguien y al cabo de un tiempo empezamos a sentir
cariño hacia él, aparecen nuestras primeras sonrisas tímidas, nuestros
primeros sonrojos, nuestras primeras miradas, nuestras primeras
palabras... Todo esto conlleva a los pensamientos. Aquí es donde empieza
lo más complejo. Nos surgen preguntas tipo: ¿Sentirá algo por mí?
¿Pensará lo mismo que yo? ¿Se dará cuenta de lo que hago por él? ¿Me
dedicará algo de tiempo en sus sueños?. A partir de ahí nacen las
ilusiones. La vida ficticia para algunos, la vida real para otros.
Muchos de nosotros tenemos miedo a sentir algo por alguien, más que a
sentirlo, a ser rechazados. Miedo a desilusionarnos, a decepcionarnos, a
estropear el vínculo que teníamos con esa persona. Por este motivo
muchas veces no damos el paso. Nos limitamos a justificar nuestro
comportamiento injustificable: "Si quiere algo ya vendrá, yo no voy a
estar detrás suya como un perrito faldero". Y bien, ¿cuál es el
resultado de esta mentalidad?. Es verdad que muchas veces nos hacemos
ilusiones, nos alejamos de la vida real, preferimos vivir en las nubes;
allí todo es como queremos. Pero, ¿qué ocurre con la vida real?. Cuando
te sacrificas por alguien, por estar con alguien, por hacerle feliz, por
verle sonreír, para que te dedique una sola palabra al día, y ves que
tu esfuerzo es en vano, ¿qué se nos pasa por la cabeza?. Empiezan
nuestros pensamientos negativos: "tenía que haberme dado cuenta antes de
que no siente lo mismo por mí", "¿cómo he podido ser tan estúpido/a?",
"y pensar que me enamoré de alguien como él....". Pues sí, a partir de
este momento empieza nuestra vida real. Pero, si no te ilusionas, si no
te marcas objetivos, si no te propones alcanzar las mejores metas, si no
se te pasa por la cabeza conseguir imposibles, ¿qué hacemos aquí?.
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