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viernes, 9 de marzo de 2012

Ahora… solo queda olvidar.

Está a mi lado, y no le digo nada. Todas las mañanas veo su sonrisa, oigo su voz, incluso siento su respiración, y no digo nada. Porque aunque apenas hablemos, aunque realmente no le conozco, él me gusta. Me aventuraría a decir que le quiero, pero supongo que no sirve de nada que diga todo esto, si no se lo digo a él. ¿Cómo puede vivir sin saber lo que siento? Hay veces que no me lo explico. Cuando quieres a alguien con tanta fuerza, tiene que saberlo, se tiene que dar cuenta aunque no le digas nada, porque siento como si irradiase mi amor por él, y solo está un metro a mi derecha.
Y no puedo describir con palabras esto que siento ahora mismo, porque la palabra “amor” no tiene descripción. Es un concepto abstracto que no podemos definir. Es al mismo tiempo todo y nada. Cordura y locura. Esperanza y desesperación. Porque no es más que una sensación pequeña pero punzante, con fuerzas para sacarte una sonrisa en el peor momento, pero también para sentir que se desgarra tu existencia en el instante más feliz.
No es simplemente cuestión de sacar valor y decirle lo que siento, porque esto que hay dentro de mi son más que palabras. Es amor, y podría pasar horas diciendo cosas sobre él, pero todo sería nada en comparación con lo que es en realidad. Sería capaz de escribir mil páginas hablando de esto y seguiría estando incompleto.
Y bueno, ¿cómo sé que estoy enamorada? ¿Por qué sé que lo que siento es amor y no otra cosa? Supongo que simplemente es así. Puedes recordar vagamente un antiguo amor, pero no es lo mismo. Solo sabes lo que es cuando estás enamorada, porque es todo lo que sientes tanto al despertar como al acostarte, cuando estás feliz y cuando estás triste, incluso cuando escuchas una canción piensas que está relatando tus sentimientos, porque no eres capaz de tener otra cosa en el a cabeza que a él.
Tengo que dejarme de tonterías, a penas le hablo. Si no intento conocerle, ¿por qué me emociono tanto al hablar de él? Uff… hoy lo haré, es el día, después de todo lo que he dicho, ¿qué tengo que perder? Solo tengo que hablarle, levantarme en un cambio de clase y entablar conversación.
Pero es tan complicado… Si lo estropease, si hiciese cualquier cosa que no me permitiese volver a mirarle a la cara, sería el fin de mi mundo, el fin de todo esto que siento, que me hace levantarme cada mañana diciéndome “hoy le hablarás, hoy lograrás hacerlo” Aunque sufro con cada segundo sin hablarle, disfruto también todos esos momentos en los que me imagino que pasaría si le hablase y todo saliese bien, si él lo supiese y se diese cuenta de que también me necesita.
Acaba de hablarme… Puede parecer una tontería, pero solo con este pequeño gesto me siento feliz. Dos minutos de conversación que se convierten luego en horas felices repasando continuamente todo lo que dijo. Simplemente tengo que dejar las cosas como están. No voy a gustarle nunca, nunca va a decirme lo mucho que me quiere ni vamos a recordar los buenos momentos que hemos pasado juntos, porque estos no existirán. Tampoco pasaremos horas riéndonos juntos, ni me abrazará cuando me sienta triste o tenga frío.
Sé que dentro de unos años, más bien meses, todo lo que quedará de “nosotros” serán páginas y páginas de un vergonzoso diario adolescente que únicamente habla de él.
Ahora… solo queda olvidar.

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